No me gustan los toros

No me gustan los toros ¡Hala! Ya lo he dicho.

No me gustan los toros
No me gustan los toros

Pero vamos a ver, te quejas de que no tienes tiempo de publicar sobre lo que hay que publicar: actividades, programas, futuro… ¡¿Y me vienes con estas?! Ahora tendrías que estar haciendo hipótesis sobre tus clientes objetivo y cómo tus propuestas de valor les ayudan a librarse de sus dolores… Ya, pero es que tenía esta idea dándome vueltas en la cabeza y mi psicólogo me recomienda que suelte estas cosas que si no se quedan ahí enquistadas y lo mismo termino siendo un asesino en serie.

El caso es que no me gustan los toros.

Bueno, eso se te supone. Sería raro que un proyecto de educación ambiental sea aficionado a la tauromaquia ¿No? Quién sabe, tal vez esa afirmación no sea del todo acertada… Pero no nos adelantemos y empecemos por el principio.

Normalmente escribo estas publicaciones usando el plural inclusivo porque, por un lado, me desdibuja a mi y hace que quien me lee pueda imaginarme como yo le guste más y, por otro, incluye a quien me lee y le hace más próximo mi proyecto. Pero hoy voy a hablar en primera persona del singular, es decir en mi nombre, así que IGNACIO MÉNDEZ GONZÁLEZ, con DNI nº 02*****6E, vecino de Hoyo de Manzanares, por la presente, declara que:

No me gustan los toros.

Pero tampoco me gustan los fanatismos (y eso que yo soy bastante tendente al fanatismo) y por eso abro este lugar de reflexión. Verás que no desarrollo demasiado ninguna idea y que seguro que hay estudios científicos y ensayos sesudos en favor de una opción y de la contraria, pero a la hora de escribir estas líneas me ha interesado más centrarme en lo que yo pienso, aunque tal vez eso podría cambiar.

En mi casa, a mis padres, les gustaban mucho los toros, un amigo de mi hermano es un famoso comentarista taurino, de esos que dicen cosas como «negro bragado» y «astifino», y a veces les conseguía entradas para la Feria de San Isidro. Mi suegro es también bastante aficionado, al parecer, de pequeño quería ser torero… ¡¿Qué coño iba a querer ser?! ¿Limpiabotas? Lo lógico es que quisiera ser lo que era la gente famosa, rica, que salía en las revistas y en el NODO… Ahora los niños quieren ser futbolistas o tictoqueros. Pero yo siempre he estado más a gusto en las plazas de toros viendo un concierto de rock que en su finalidad original.

Tengo que reconocer que la estética taurina tiene su puntito: el torero tan estilizado, con su taleguilla bien apretada y sus zapatitos de bailarina, arqueando la espalda sobre el toro al dar un pase de muleta por chicuelete (me lo invento) es estéticamente bonito. Lo que no es tan bonito es lo que significa, todo el trasfondo cultural que va detrás de la fiesta: señoros fumando puros, señoras con mantilla y peineta, «no me gusta que a los toros vayas con minifalda», santiguarse, osborne… Muy rancio todo. Mucha masculinidad hegemónica. Mucha feminidad sumisa. Mucho machismo, mucho clasismo.

Hace un par de meses colgué un vídeo en el mis redes sociales, en las de Iñaki, no en las de NaturaLudus pero no lo busques porque por consejo de una amiga lo eliminé inmediatamente para no causarle problemas a nadie por razones que no pienso comentar si no es en presencia de mi abogado, en el que me lamentaba de que para las fiestas de mi pueblo se gastaba un dineral en encierros y corridas de toros, y me preguntaba si los aficionados a estas celebraciones acudirían a las mismas si tuvieran que pagar de su bolsillo lo que costarían si el ayuntamiento, no las financiara.

¿No se podría dedicar ese dinero a música, teatro, poesía y otras formas culturales que no necesitaran sacrificar y hacer sufrir a ningún animal? Claro, se puede dedicar ese dinero a la música, el teatro y la poesía que A TI te gustan y no ponerlo para lo que A TI no te gusta ¿Ese es el planteamiento?

Siempre que veo que se empiezan a montar las vallas para los encierros le doy vueltas a la forma de sabotearlos (ahora que he dicho esto aquí no podré hacerlo nunca, pues yo sería el principal sospechoso)

Además está el aspecto cultural. A mi no me hace ninguna gracia que para celebrar mis fiestas locales o mis fiestas patrias, se tenga que recurrir a la tortura y el sufrimiento de ningún ser vivo ni a sus representaciones. Yo no creo en ella, pero puestos a imaginar, me imagino lo que pensará la Virgen de la Encina viendo cómo le clavan banderillas a un animalillo en su honor. Seguramente nada bueno.

Pero yo no soy el único hoyense, ni el único madrileño, ni el único español que hay en Hoyo, en Madrid y en España y habrá que preguntarles a los demás qué les parece. Algunos dirán que las tradiciones hay que mantenerlas por que son parte de nuestra esencia. Bueno, a esos les preguntaría que qué les parecería que se mantuviese la esclavitud por el mero hecho de que «así se han hecho siempre las cosas».

También he tenido ocasión de charlar recientemente, aunque no tanto como me hubiera gustado, con un miembro de la asociación taurina de Hoyo que formaba parte de la comisión de fiestas y me sorprendió su acercamiento abierto y respetuoso a mis ideas pero me pedía que yo también fuese respetuoso con las suyas. Este principio de respeto me parece indispensable a la hora de plantearse estas reflexiones para evitar los dogmatismos.

Pero volvamos a la educación ambiental, que me disperso.

Porque lo taurino está muy cerca de la naturaleza ¿Quién ama más a los toros que el torero? Ese planteamiento a mi me recuerda al maltratador que dice que mató a su mujer porque la quería. En fin…

El otro día, en la edición de Con Alas en la Mirada que hicimos para la asociación La Maraña, Carolina, una participante que vino con su familia al taller, me comentó que la abolición de los toros podría suponer un desastre ecológico importante y me dejó pensando en el tema.

Veamos. Algún argumento a favor de los toros es que si desapareciese la fiesta desaparecería también la raza del toro bravo. Bueno, pues que desaparezca, no deja de ser una raza creada por el hombre con un fin muy determinado, machacar a ese ser hasta la muerte en una fiesta infame. Recuerdo que mi madre me decía que para el toro era un honor morir en la plaza y yo pensaba que sí, que menudo honor, que habría que preguntárselo a él. Pero claro, atribuirle sentimientos humanos a otros seres cuyo criterio no se puede saber es una trampa muy común en estos planteamientos.

Pero ahondando un poco más en el planteamiento de Carolina, llegué a conclusiones por las que tal vez, por ahora es mejor que haya tauromaquia que que no la haya. Hagamos un poco de ciencia ficción y avancemos en el tiempo hasta el momento de la desaparición de la tauromaquia (nótese que no he dicho prohibición o abolición pues estoy convencido de que esto avivaría la afición, pero si no se financia, esta se irá muriendo hasta desaparecer) ¿Qué pasaría? Los dueños de ganaderías de toro de lidia dejarían de ganar dinero teniendo a estos animales pastando por esas dehesas y todo ese ecosistema se vendría abajo. Se abandonarían, dejarían de limpiarse, proliferarían especies vegetales que evitarían el crecimiento de otras limitando la biodiversidad, se producirían incendios… Igual estos espacios se podrían utilizar para ganadería extensiva y así cerrar las malditas macrogranjas ¿Pero sería rentable para los que ahora explotan esos recursos?

No sé… ¿Tú que piensas? Deja tus comentarios en las RRSS si hacerlo aquí en el blog te resulta incómodo, pero por favor, hazlo con respeto, que sé que estos temas hacen aflorar nuestros más bajos instintos.

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